Como isla dejé que conquistaras mi terreno.
Desembarcaste en mi playa y reposaste sobre cada una de las minúsculas arenas que me conformaban.
Mis nubes te protegieron del inclemente sol y recibiste mi lluvia. Otras veces intenté destruirte con mi tempestad.
Náufrago. Supe desde que desembarcaste que una madrugada partirías y te dejaría ir.
Eran azules esos días donde nunca me contaste como era tu lugar original.
Te escuché tantas veces y te ví desnudo todo. Seca tenías la piel por mi sal.
Aquellas madrugadas fueron rojas y no muchas para desperdiciar. Confundías mis piernas con las palmeras jóvenes que se mecían entre un paisaje que nunca olvidarás.
Las tardes en cambio eran amarillas. Las empleabas para subir por mis montañas y escalar hasta mi punto más alto. victorioso alzabas los brazos, te sacudía mi viento y finalmente extasiado te sentabas a contemplarme. Nunca una isla te hizo tan feliz. Cruzabas tus piernas y cerrabas los párpados para hacer guirnaldas de mis ojos. Fuiste veinte años menor a tu edad. A la edad de los hombres. Sin un tiempo definido corriste de norte a sur entre el verde del ahora, del presente. Los días que yo te brindé sin porvenir. Las noches tenían una blanca oscuridad. Percibías sobre tu espalda sutilmente la nieve que no te pudo cubrir, buscaste refugio y encontraste mi cueva principal. Encendiste fatuos fuegos entre las horas muertas para hacerlas arder. Se hicieron sus chispas y delirantes mis formas se elevaron y encendieron al calor. Náufrago.
Aquellas madrugadas fueron rojas y no muchas para desperdiciar. Confundías mis piernas con las palmeras jóvenes que se mecían entre un paisaje que nunca olvidarás.
Las tardes en cambio eran amarillas. Las empleabas para subir por mis montañas y escalar hasta mi punto más alto. victorioso alzabas los brazos, te sacudía mi viento y finalmente extasiado te sentabas a contemplarme. Nunca una isla te hizo tan feliz. Cruzabas tus piernas y cerrabas los párpados para hacer guirnaldas de mis ojos. Fuiste veinte años menor a tu edad. A la edad de los hombres. Sin un tiempo definido corriste de norte a sur entre el verde del ahora, del presente. Los días que yo te brindé sin porvenir. Las noches tenían una blanca oscuridad. Percibías sobre tu espalda sutilmente la nieve que no te pudo cubrir, buscaste refugio y encontraste mi cueva principal. Encendiste fatuos fuegos entre las horas muertas para hacerlas arder. Se hicieron sus chispas y delirantes mis formas se elevaron y encendieron al calor. Náufrago.
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