Manuel lentamente se sienta al borde de su cama, mira la ventana, vuelve a cerrar sus ojos, vuelve a abrirlos, y justo frente a su colección de móviles se dispone a estar de pie, mira la otra ventana, la que no es suya, la del frente, la que siempre se enciende a las cinco de la mañana, entonces,ella se ve en esa ventana, no tiene nombre, al menos Manuel nunca ha sido siquiera capaz de preguntarlo y nunca lo hará, nunca esta sola, trabaja cinco días a la semana, martes a sábado, cinco clientes por noche; el domingo es para Dios, el lunes para exfoliar. Manuel, desde su habitación oscura, desde su ventana, escondido detrás de sus móviles, repite la misma escena: cuerpos cansados, lentamente se acarician, sueña ser él, se fatiga, se toca y se besa, cierra la ventana, los móviles quietos y vuelve a dormir.

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