Sobre el hombre árbol almendra no hay mucho que decir pero sí mucho que ver.
Seis ojos se pierden en su corteza. Uno para el caminar del caminante, otro para el amar del amante, otro central que es mapa visor, uno superior para contar cada caída de cada almendra que se le desprende, y dos volátiles que camuflan sus hojas medianas cuando el otoño está próximo a llegar.
Sobre el hombre árbol almendra no hay mucho que hablar pero sí mucho que oír. Llora sutilmente durante el invierno, con un sonido viscoso que solo el silencio puede reproducir. Tres pájaros sin alas trepan su tronco y ocho agarres con sus picos alumbran una melodía poco discreta cada décimo amanecer.
Sobre el árbol almendra no hay mucho que decir pero sí mucho por navegar.
Del verde nuevo hasta el amarillo viejo hay un lamento. Sus ramas parecen naufragar. En ocasiones le nacen pequeñas naranjas sin ser su fruta principal pero es solo una piel pequeña, clara y café que rueda para volver a su fuerte raíz.
Sobre el hombre árbol almendra no hay mucho que decir pero sí mucho que añorar. Es bueno saludarlo y prometerle regresar cada dos días, cada cinco meses, cada quince años, cada infinidad. Por cada regreso florece cuatro veces y sonríe dos. No siempre se cuenta con la suerte de que alguna flor y pétalo roce en caída natural. Tiene la ternura que los hombres y las mujeres abandonaron y la memoria de cada pueblo que pasó frente a él. Sobre el hombre árbol almendra no hay mucho que decir pero sí mucho que amar. Siempre espera en la tierra fecunda donde nacen ventisiete soles cada quince décadas.
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