Quietos los muebles, la casa en silencio, la silla roja en su lugar. El techo elevado, las paredes que guardan, anteriores risas, visitas y fiestas. Las columnas soportan, un secreto que pesa, un eco que pulsa una rabia propia al mantenerse de pie. Las puertas cerradas, las ventanas abiertas, apenas se escucha lo que jamás volverá. Pasos exteriores de extraños desfilan una y otra vez. Un dolor se siente, un pasado se apaga, la luz eléctrica no promete incendiar ninguna promesa de algún rincón. El frío del piso, la tierra sepulta, movimientos de pasajeros que bailaron allí. Un cuadro rojo, una pieza blanca, rompecabezas que hablan de fantasmas que reposan, callan, esconden, trasladan, que se agitan de aquí para allá. La campana muda, las plantas se duermen, la tierra enfría un día cansado sin novedad. Las ropas tendidas, el viento silba, sobre las carnes que se cubren con difentente color. El amor suave, la mirada que entiende, el mar profundo de la cotidianidad.
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